PARTE I

El Legado de Blackthorn

Blackthorn Manor

Capítulo 1: El Regreso

Capítulo 1: El Regreso

La carta llegó un martes por la mañana, entre facturas y catálogos de librerías de segunda mano. Isabelle Blackthorn la reconoció antes de abrirla. El sobre amarillento, el sello de cera negra con el cuervo de alas extendidas, la letra temblorosa que deletreaba su nombre. Todo en ella gritaba urgencia. Todo en ella gritaba peligro.

Isabelle, tienes que volver. La oscuridad está ganando. Si no vienes tú, nadie podrá detenerla. Te necesita. Te necesitamos. Por favor. E.

Diez años. Había pasado una década entera desde que huyó de Blackthorn Manor, jurándose a sí misma que jamás volvería. Diez años construyendo una vida nueva en Londres, trabajando como asistente en una librería del viejo Charing Cross Road. Una vida pequeña, deliberadamente anónima, donde los únicos fantasmas eran los personajes de las novelas que leía hasta altas horas de la noche.

Pero el pasado tiene una forma de encontrarnos.

Tres días después de recibir la carta, Isabelle estaba en un tren que atravesaba la campiña inglesa. El paisaje se desangraba en tonos de naranja y púrpura a través de la ventanilla sucia. Campos de cultivo daban paso a bosques cada vez más densos, y los pueblos se hacían más pequeños, más aislados, como si la civilización se fuera diluyendo a medida que se acercaba a su destino.

Cuando el tren se detuvo en la estación de Blackthorn, solo ella bajó. El andén era poco más que una plataforma de madera y un pequeño edificio de ladrillo rojo carcomido por el tiempo. El jefe de estación, un hombre mayor con el rostro curtido por décadas de viento y lluvia, la miró con una mezcla de curiosidad y algo más. Algo que se parecía al miedo.

—¿Blackthorn Manor? —preguntó cuando ella se acercó a preguntar por un coche.

—Sí.

El hombre asintió lentamente, sin apartar la mirada de ella.

—Hay un carruaje esperando al final del camino. Siempre hay uno cuando alguien viene a la casa.

No preguntó cómo sabían que ella vendría. En Blackthorn, había aprendido de niña, ciertas preguntas era mejor no hacerlas.

El carruaje era negro y anguloso, sacado de otra época. El cochero no dijo una palabra, solo señaló el interior con un gesto de su mano enguantada. Isabelle subió, y el vehículo se puso en marcha con un crujido de ruedas sobre la grava.

El camino serpenteaba a través del bosque. Los árboles, desnudos por el otoño, se retorcían contra el cielo gris como figuras congeladas en mitad de un grito. Sus ramas arañaban el techo del carruaje, un susurro constante que parecía decir su nombre. Isabelle apretó el bolso donde guardaba la carta, su única conexión con el mundo que había dejado atrás.

Y entonces, la vio.

Blackthorn Manor se alzaba en la cima de la colina como una cicatriz en el paisaje. Una mole de piedra oscura y tejados puntiagudos que se recortaba contra el cielo moribundo. Las ventanas eran ojos vacíos que la observaban. La puerta principal, una boca dispuesta a devorarla.

No había cambiado. En diez años, la casa no había envejecido ni un solo día. Si acaso, parecía más oscura, más imponente. Como si se hubiera alimentado del tiempo.

El carruaje se detuvo. El cochero bajó su maleta y desapareció en la niebla sin decir palabra, dejándola sola frente a la casa que había protagonizado todas sus pesadillas.

Isabelle subió los escalones de piedra. El llamador de bronce, con la forma de un cuervo, estaba frío bajo sus dedos. Golpeó una vez. El sonido resonó en el silencio, absorbido por la propia casa. Esperó. Volvió a llamar.

La puerta se abrió con un gemido lastimero.

No fue su tía quien la recibió.

Era un hombre. Alto, de unos treinta y tantos años, con el pelo oscuro y desordenado y unos ojos grises que parecían haber visto demasiadas cosas. Vestía de forma sencilla, pero había una intensidad en su mirada que lo hacía parecer fuera de lugar en esa casa anclada en el pasado.

—Isabelle Blackthorn —dijo. No era una pregunta.

—Sí. ¿Y usted es?

—Me llamo Drake. Era un amigo de su tía.

Era. El tiempo pasado cayó sobre ella como un balde de agua helada.

—¿Dónde está Evelyn?

La expresión de Drake se ensombreció.

—Será mejor que entre. Tenemos mucho de qué hablar.

Isabelle cruzó el umbral. La temperatura dentro de la casa era varios grados más fría que en el exterior. El aire estaba cargado con el olor a polvo, a humedad y a algo más. Algo dulce y putrefacto, como flores marchitas en una tumba.

El gran vestíbulo estaba en penumbra. Las sombras danzaban en las esquinas, y por un momento, a Isabelle le pareció ver una figura moverse en lo alto de la escalera. Una mujer con un vestido antiguo. Parpadeó, y la figura desapareció.

Drake la guio hacia la biblioteca. La habitación estaba tal y como la recordaba: paredes cubiertas de libros, una chimenea de mármol negro, un pesado escritorio de roble. Pero ahora, el caos reinaba. Los libros estaban desparramados por el suelo, los muebles volcados, y en el centro de la habitación, un círculo de sal roto.

—Su tía está muerta, Isabelle —dijo Drake sin rodeos—. La encontré aquí hace dos días. Intentó hacer un ritual. Un ritual para liberar a Helena.

Capítulo 2: La Primera Noche

Capítulo 2: La Primera Noche

Tres días antes

Arthur Drake estaba sentado en la sala de lectura de la Biblioteca Británica cuando sintió que algo había cambiado. No sabría explicar cómo lo supo. Fue como un escalofrío que le recorrió la espalda, una sombra que cruzó por el rabillo del ojo. Levantó la vista del manuscrito medieval que estaba estudiando y miró el reloj de pared. Las seis y cuarenta y dos de la tarde.

Más tarde descubriría que ese fue el momento exacto en que Evelyn Blackthorn murió.

Llevaba tres meses trabajando con ella. Tres meses de cartas, llamadas telefónicas y visitas a Blackthorn Manor. Evelyn lo había contactado después de leer un artículo que él había publicado sobre cultos victorianos y artefactos arcanos. "Necesito su ayuda", había escrito. "Hay algo en mi casa. Algo que lleva siglos atrapado. Y creo que está despertando."

Al principio, Drake había pensado que era otra excéntrica más, otra anciana solitaria que confundía las corrientes de aire con fantasmas. Pero cuando visitó la mansión por primera vez, supo que estaba equivocado. Había algo allí. Algo antiguo y hambriento. Lo sintió en el momento en que cruzó el umbral, una presencia que lo observaba desde las sombras, que susurraba su nombre cuando creía estar solo.

Evelyn le había mostrado los diarios de Edmund Blackthorn. Le había contado la historia de Helena, la primera esposa, y del medallón que contenía su alma. Le había hablado de las Llaves, cuatro artefactos dispersos por el mundo que, según Edmund, eran la única forma de romper el sello o de cerrarlo para siempre.

Y le había hablado de Isabelle.

"Es la última de nosotros", había dicho Evelyn, con una mezcla de orgullo y tristeza en la voz. "La última que lleva la sangre de los Blackthorn. Huyó hace diez años, y no la culpo. Esta casa devora a los que la habitan. Pero si algo me pasa, ella es la única que puede terminar esto."

Drake había prometido protegerla. Había prometido encontrar una solución antes de que fuera demasiado tarde.

Había fallado.

Presente

El golpe en el piso de arriba resonó de nuevo, más fuerte esta vez. Isabelle se quedó paralizada, los ojos fijos en el techo. Drake se movió con rapidez, interponiéndose entre ella y la puerta.

—No se asuste —dijo, aunque su propia voz traicionaba una tensión que intentaba ocultar—. Pasa todas las noches. Helena está más activa cuando oscurece.

—¿Helena? —Isabelle sintió que la palabra le quemaba la garganta—. ¿El fantasma de una mujer muerta hace más de un siglo está arrastrando muebles en el piso de arriba?

—No es exactamente un fantasma. Es... más complicado que eso.

Otro golpe. Esta vez, acompañado de un sonido que heló la sangre de Isabelle: un llanto. Un llanto de mujer, ahogado y desesperado, que parecía venir de todas partes y de ninguna a la vez.

—El medallón la mantiene atada a esta casa —explicó Drake, bajando la voz—. Edmund no solo la mató. Usó un ritual para atrapar su alma, para alimentarse de su sufrimiento. Cada noche, Helena revive su muerte. Cada noche, intenta escapar. Y cada noche, el medallón la arrastra de vuelta.

Isabelle miró la caja sobre el escritorio. La luz azulada del medallón pulsaba con más intensidad ahora, como un corazón enfermo latiendo en la oscuridad.

—¿Por qué? —preguntó—. ¿Por qué haría Edmund algo así?

—Poder. El sufrimiento de Helena alimenta el medallón, y el medallón... —Drake dudó, como si estuviera eligiendo cuidadosamente sus palabras—. El medallón es una de las Llaves.

El llanto se intensificó. Las luces de la biblioteca parpadearon una vez, dos veces, y luego se apagaron por completo. Solo quedó la luz azulada del medallón, proyectando sombras danzantes en las paredes.

—Tenemos que salir de esta habitación —dijo Drake, tomando a Isabelle del brazo—. Ahora.

La guio a través del vestíbulo oscuro, sus pasos resonando en el silencio. El llanto los seguía, a veces delante, a veces detrás, como si la casa misma estuviera llorando. Subieron las escaleras, y Drake la llevó hasta una habitación en el ala este.

—Esta era la habitación de su tía —dijo, abriendo la puerta—. Es el único lugar de la casa donde Helena no puede entrar. Evelyn lo protegió con sal y símbolos. Aquí estaremos seguros hasta el amanecer.

La habitación era pequeña pero acogedora. Una cama con dosel, una chimenea donde aún ardían las brasas, estanterías llenas de libros y, en cada esquina, círculos de sal y símbolos dibujados con tiza en el suelo. Las paredes estaban cubiertas de notas, recortes de periódicos y páginas arrancadas de libros antiguos, todo conectado por hilos rojos que formaban una telaraña de información.

Isabelle se acercó a la pared. Reconoció la letra de su tía en muchas de las notas. Había mapas con ubicaciones marcadas, dibujos de símbolos extraños, y en el centro de todo, una fotografía descolorida de una mujer joven con un vestido victoriano. Helena.

—Evelyn pasó los últimos años de su vida investigando —dijo Drake, cerrando la puerta y comprobando que la línea de sal estaba intacta—. Buscando una forma de liberar a Helena sin destruir el medallón. Creía que si podía reunir las cuatro Llaves, podría romper el sello de forma segura.

—¿Las cuatro Llaves? —Isabelle se volvió hacia él—. ¿Qué son exactamente?

Drake se sentó en una silla junto a la chimenea, el cansancio visible en su rostro.

—No lo sé con certeza. Los diarios de Edmund son crípticos, llenos de referencias a textos antiguos y rituales olvidados. Pero según lo que hemos podido descifrar, las Llaves son artefactos de un poder inmenso. Fueron creadas hace mucho tiempo, antes de que la historia comenzara a escribirse. Cada una contiene una parte de... algo. Una fuerza. Un sello.

—¿Un sello sobre qué?

—Eso es lo que no sabemos. Edmund escribió sobre una "Puerta" y un "Prisionero", pero nunca explicó qué significaban esos términos. Solo sabemos que las Llaves están dispersas por el mundo, ocultas en lugares que Edmund visitó durante sus viajes. Y sabemos que el medallón es una de ellas.

Capítulo 3: El Desván

Capítulo 3: El Desván

La mañana llegó gris y fría, pero al menos el llanto había cesado. Isabelle despertó en la cama de su tía, arropada con una manta de lana gruesa. Drake dormía en el sillón junto a la chimenea, con un libro abierto sobre el regazo.

Isabelle se levantó en silencio y se acercó a la ventana. El jardín de Blackthorn Manor se extendía bajo ella, un laberinto de setos descuidados y estatuas cubiertas de musgo. Más allá, el bosque parecía una muralla negra que los separaba del resto del mundo.

—Buenos días —dijo Drake. Su voz era ronca por el sueño.

—Buenos días. —Isabelle se volvió—. ¿Dormiste algo?

—Un poco. —Se frotó los ojos y cerró el libro—. Tenemos trabajo que hacer. Evelyn dejó pistas sobre dónde encontrar la siguiente Llave, pero están codificadas. Necesitamos ir al desván.

—¿Al desván? —Isabelle sintió un escalofrío. De niña, el desván siempre había estado prohibido. Su tía decía que era peligroso, que el suelo estaba podrido. Pero Isabelle siempre había sospechado que había otra razón.

—Es donde Edmund guardaba sus pertenencias más privadas. Evelyn estaba convencida de que allí encontraríamos el mapa hacia la segunda Llave.

Subieron al último piso en silencio. La puerta del desván estaba cerrada con un candado oxidado, pero Drake sacó una llave de su bolsillo y la abrió sin dificultad.

El aire dentro olía a tiempo estancado. Rayos de luz polvorienta entraban por las ventanas redondas, iluminando montones de baúles, muebles cubiertos con sábanas y cajas apiladas hasta el techo.

—Busca cualquier cosa que parezca un mapa o un diario —dijo Drake, abriendo un baúl cercano.

Isabelle avanzó entre los restos olvidados de su familia: juguetes antiguos, sedas que se deshacían al tacto, retratos de antepasados que la observaban con severidad. Al fondo de una caja de madera, sus dedos rozaron algo distinto.

Era un tubo de latón, grabado con símbolos que le resultaban vagamente familiares.

—Drake —llamó.

Él se acercó y tomó el tubo con reverencia.

—Es esto —murmuró—. Un estuche cartográfico victoriano. Pero los grabados... son egipcios.

Desenroscó la tapa y extrajo un rollo de pergamino que extendió sobre una mesa cubierta de polvo. No era un mapa corriente. Era una carta estelar con constelaciones que Isabelle no lograba reconocer, y superpuesto a ellas, el trazo inconfundible del delta del Nilo.

—Egipto —dijo Drake—. La segunda Llave está en Egipto.

—¿Y cómo sabemos dónde buscar?

Drake señaló un punto en el mapa, marcado con una estrella roja.

—Alejandría. Pero no la moderna. La ciudad antigua, la que el mar reclamó hace siglos.

Un estruendo a sus espaldas los hizo girar. La puerta del desván se cerró de golpe.

—¡La puerta! —exclamó Isabelle, corriendo hacia ella.

Tiró del pomo, inútil. Drake se unió a ella, embistiendo con el hombro, pero la madera no cedió.

—Está atascada —dijo, jadeando.

—No está atascada —susurró Isabelle—. Nos han encerrado.

Las sombras del desván comenzaron a alargarse, retorciéndose como humo denso. La temperatura se desplomó y el aliento de Isabelle se tornó vapor blanco.

—Helena —dijo Drake, sacando una bolsa de sal y trazando un círculo apresurado alrededor de ellos—. Está aquí.

Capítulo 4: La Dama de Gris

Capítulo 4: La Dama de Gris

Las sombras cobraron forma, materializándose en el extremo opuesto del desván. Era una mujer, o lo que quedaba de ella. Su vestido gris, hecho jirones, flotaba como si estuviera sumergida en agua. Su rostro era una máscara de dolor; sus ojos, pozos de oscuridad infinita.

—Edmund... —susurró. La voz no era humana; era el aullido del viento en una cueva, el crujir de madera vieja, el lamento de algo que ha olvidado cómo vivir.

—No soy Edmund —dijo Drake, firme pese al temblor de sus manos—. Soy Drake. Ella es Isabelle. No queremos hacerte daño.

La figura avanzó, deslizándose sin rozar el suelo.

—Sangre... —siseó—. Sangre de su sangre.

Miraba a Isabelle.

—Isabelle, no salgas del círculo —ordenó Drake—. Pase lo que pase.

La Dama de Gris alzó una mano esquelética. Cajas, sillas y viejos juguetes comenzaron a levitar a su alrededor. Con un chillido agudo, los arrojó contra ellos.

Drake levantó las manos y murmuró unas palabras en un idioma que Isabelle no reconoció. Una barrera invisible pareció detener los objetos a medio metro del círculo de sal, haciéndolos caer al suelo con un estruendo.

—¡No puedes tocarnos! —gritó Drake—. ¡El círculo nos protege!

La Dama de Gris aulló de frustración. Las sombras se arremolinaron en torno a ella, densas y oscuras.

—¡Devuélvemelo! —gritó—. ¡Devuélveme lo que me robó!

—¿El medallón? —preguntó Isabelle, dando un paso al frente pese a la advertencia de Drake—. ¿Es eso lo que quieres?

La figura se detuvo. Sus cuencas vacías se fijaron en Isabelle.

—Mi alma... —gimió—. Atrapada... ardiendo...

Isabelle sintió una oleada de compasión que superó al miedo. Aquello no era un monstruo, sino una víctima. Una mujer traicionada y torturada por su propio esposo.

—Te liberaremos —prometió Isabelle—. Lo juro. Encontraremos las Llaves y romperemos el sello. Pero debes dejarnos ir.

La Dama de Gris pareció dudar. Las sombras se aquietaron.

—Promesa... —susurró—. Promesa de sangre...

—Promesa de sangre —confirmó Isabelle.

La figura se desvaneció, disolviéndose en la penumbra. La temperatura ascendió y la puerta se abrió con un chirrido.

Drake se dejó caer al suelo, exhausto.

—Eso ha sido... arriesgado —dijo, mirándola con una mezcla de reproche y admiración.

—Funcionó —respondió Isabelle, ayudándolo a incorporarse—. Vámonos antes de que cambie de opinión.

Capítulo 5: La Huida

Capítulo 5: La Huida

No esperaron al amanecer. Empacaron lo imprescindible y abandonaron Blackthorn Manor bajo el manto de la noche. El mapa egipcio iba seguro en el bolso de Isabelle, junto al medallón, que ahora pulsaba con un ritmo más sosegado.

El carruaje aguardaba al final del camino, como si el cochero hubiera previsto su partida.

—A la estación —ordenó Drake—. Y rápido.

Mientras el carruaje se alejaba, Isabelle miró atrás por última vez. La casa se alzaba negra y silenciosa contra el cielo estrellado. Ya no parecía una amenaza, sino una tumba. Una tumba cuyos secretos pronto saldrían a la luz.

—¿Crees que nos seguirá? —preguntó ella.

—Helena está atada a la casa —respondió Drake—. Pero no es la única que busca las Llaves. Hay otros. La Sociedad Thule...

—¿La Sociedad Thule? —Isabelle lo miró sorprendida—. ¿Los ocultistas?

—Conocen el ritual de Edmund y pretenden usarlo para sus propios fines. Si consiguen las Llaves antes que nosotros...

No terminó la frase; no hizo falta. Isabelle entendió. No solo luchaban por el alma de Helena. Luchaban por algo mucho mayor.

El tren nocturno a Londres llegó envuelto en vapor. Subieron a un vagón vacío y se sentaron frente a frente. El ritmo monótono de las ruedas sobre los rieles los arrulló y, por primera vez en días, Isabelle sintió que podía respirar.

—Egipto —murmuró, mirando por la ventanilla—. Nunca he salido de Inglaterra.

Drake esbozó una sonrisa cansada pero genuina.

—Te gustará. Es un lugar de magia antigua. Y arena. Mucha arena.

Isabelle rió suavemente. El miedo seguía ahí, agazapado en el fondo de su mente, pero ahora había algo más: esperanza. Y una extraña sensación de aventura.

El viaje acababa de empezar.

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